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jueves, 6 de noviembre de 2008

La biblioteca de acero de Papini y sobre El canon occidental de Harold Bloom

La biblioteca de acero
Boston, 20 de diciembre.

Una carta de recomendación firmada por mi viejo amigo Gabriel Pascal, me obligó a recibir y escuchar a mister Harry Golding, profesor de papirología en no sé cuál universidad en los Estados del Sur. Ese profesor es un hombrecillo bajo, más amarillo que un mongol, tiene cabellera apretada, larga y blanca, que hace pensar en una peluca. Me dijo claramente que se dirigía a mí después de haber sufrido rechazos de parte de muchas instituciones y gobiernos.

-Usted sabe bien cuál será la horrenda suerte reservada a todos los países del mundo, sin exceptuar al nuestro, en el caso desgraciadamente no imaginario de una tercera Guerra Mundial. Hoy en día los hombres disponen de medios tan espantosos, que ninguna ciudad, pequeña o grande, podrá salvarse de la destrucción. Las bibliotecas privadas y públicas, receptáculos de material precioso e inflamable, desaparecerán una después de otra, y si la guerra se prolonga largamente se verán convertidos en nubes de polvillo negro los testimonios de tres milenios de civilización, de pensamiento y de poesía. Del genio creador que existiera en el decurso de treinta siglos no quedarán más que lacerados fragmentos o nombres huecos, y tal vez ni siquiera eso quedará.

»Es preciso proveer desde ahora, desde hoy, si es que el Apocalipsis tiene una prórroga, para poner a salvo por lo menos los frutos más famosos del ingenio humano, de modo que los bárbaros futuros, cuando comiencen otra vez la obra de recivilización subsiguientemente al cataclismo, puedan hallar esos frutos y nutrirse de los mismos. No es suficiente sepultar las bibliotecas, porque el papel es materia muy perecedera y delicada: está demasiado sujeto a muchas clases de destrucción.

»Por todo ello he pensado en proponer una biblioteca en que las obras esenciales de la humanidad estén grabadas en una materia dura y duradera, o sea en acero. Algunos libros serán grabados íntegramente; otros, menos importantes, en una selección o florilegio. Todos serán bilingües, o sea que irán acompañados de traducciones fieles. Las obras griegas con su versión latina, las latinas con su traducción italiana, las italianas con la francesa, las francesas con la inglesa, las inglesas con la alemana, y así sucesivamente. Toda obra, grabada profundamente en sólidas láminas de acero, con informaciones precisas acerca del autor y de la época, será amurallada ordenada en vastos subterráneos acorazados y blindados, construidos en una región desértica, alejada de las ciudades. Gruesas pilastras de acero inoxidable e indestructible señalarán el lugar elegido, sirviendo de guías a los investigadores que sobrevivan al cataclismo.

»Un comité internacional elegirá las obras dignas de ser conservadas en la Biblioteca de Acero. Por razones evidentes de espacio y de gastos no podrán ser más que unas pocas docenas. Por mi parte ya he hecho mentalmente un catálogo provisional, y si no le es molesto le haré conocer algunos de los títulos».

Interrumpí al profesor Harry Golding para decirle que no me molestaba, pero que, en lo referente a la elección de los libros, confiaba por completo en su juicio, y añadí

- Soy un pobre ignorante, y mi opinión sobre ese tema, en caso de tener la osadía de elaborar una opinión, no tendría utilidad ninguna.

- ¡De ninguna manera! - exclamó el ictérico hombrecillo. Usted está llamado a cargar con los gastos de esta biblioteca y tiene el derecho de saber acerca de la misma. No le quitaré mucho de su tiempo, puesto que necesariamente la lista es breve.

»El Antiguo y el Nuevo Testamento serán los primeros libros que se grabarán, versículo por versículo, desde el primero hasta el último. En cambio, haremos una antología de los escritos de Confucio, del Avesta y del Corán. El Oriente deberá ser sacrificado, ello me causa remordimiento y dolor, pero no podemos proceder en otra forma: los Vedas, el Ramayana, el Mahabharata, los Upanishad, Calidasa, Laotze, Chuang-Tze, Firdausi, requerirían miles y miles de planchas de acero.

»Pero nos reabasteceremos en Grecia, madre de toda luz v de todo saber. Los dos poemas Homéricos, una traducción de Esquilo y otra de Sófocles, dos o tres diálogos de Platón, los Elementos de Euclides, la Introducción a la Metafísica de Aristóteles, los fragmentos de Heráclito y de Epicuro, esto bastará para dar una pálida idea de lo que fue llamado «el milagro griego». Roma nos dará menos trabajo: solamente la Eneida será grabada toda entera; de Horacio, de Tácito y de Juvenal bastará hacer una sobria crestomatía. En cambio, brindaremos una edición completa de las Confesiones de San Agustín y abundantes selecciones de la Summa de Santo Tomás. Querría grabar íntegramente la Chanson de Roland , Tristán y la Divina Comedia, así como también los sonetos más hermosos de Petrarca. En cuanto a los modernos, me contentaría con el Elogio de la Locura de Erasmo de Rotterdam y El Príncipe, de Maquiavelo. Tres o cuatro tragedias de Shakespeare harían compañía al Paraíso Perdido de Milton y al Don Quijote de Cervantes. Añadiría con placer una selección de Ariosto y de Rabelais, grabando en cambio el texto íntegro de la obra Nuove Scienze de Galileo y de los Principia de Newton. En lo que respecta a Francia escogería las Máximas del Duque de la Rochefoucauld, los más hermosos de los Pensées de Pascal, alguna novelita de Voltaire - quizás Cándido - y las Fleurs du Mal de Baudelaire. En cuanto a Alemania bastarán el Fausto de Goethe y el Zarathustra de Nietzsche; de la literatura rusa una novela de Dostoievski y otra de Tolstoi. No se deberá olvidar a la ciencia, la que podrá estar dignamente representada por la obra Orígenes de las Especies, de Darwin, por las Lecciones sobre Psicoanálisis, de Freud y por los ensayos fundamentales de Einstein. ¿Qué impresión le causa mi breve catálogo?».

Le respondí que me parecía excelente, y que no sería capaz de aconsejar quitar alguna de las obras ni añadir otras. Mister Harry Golding continuó diciendo:

-Por desgracia quedan todavía amplias lagunas, y me duele de corazón excluir, por ejemplo, a Shelley, a Leopardi, a Hume y a Kant, así como también a Víctor Hugo y a Rimbaud. Pero, como ya le dije anteriormente, el pensamiento de los enormes gastos me ha obligado a tan penosos renunciamientos. Ya mandé hacer un cálculo aproximado: para la Biblioteca de Acero, tal cual la he pensado, bastarán pocos millones de dólares. Usted es fabulosamente rico, según se dice, y es amigo de la cultura y de la humanidad. Reflexione en que será a usted a quien corresponderá el honor y la gloria de salvar, mediante un pequeño sacrificio de billetes, el tesoro más maravilloso de la civilización humana. Tengo plena certeza de que demostrará ser más inteligente y generoso que tantos otros engreídos magnates a los que me he dirigido hasta el presente, y siempre en vano.

Dije al profesor Golding que su idea me parecía genial y grandiosa, pero que precisaba hacer algunas serias reflexiones sobre el tema, antes de poder darle una respuesta. Al oírme, el amarillo hombrecillo respondió con acento amargo

-Así me responden todos, y después no dan más señales de sí. Quiero esperar con toda sinceridad que usted no se ha de comportar como los otros.

Nos despedimos algo fríamente. Y ahora pienso partir esta noche misma para Nueva York y embarcarme mañana para Europa.

Conversación VI de El libro negro
Giovanni Papini
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El breve catálogo de Mr. Golding puede ser visto como un intento de Papini para representar lo que en literatura se conoce como canon occidental: una lista de obras que pretende contener lo mejor de lo mejor, lo que ha dejado huella, de la literatura de occidente. El interés por definir un canon ha estado presente en varios momentos de la historia, y sí, por supuesto que cada cabeza tiene un canon distinto en mente…

Por esta razón, es casi imposible que cuando alguien elabore uno todos estén de acuerdo con él: son fuente inagotable de pleitos, rencillas y resentimientos por no haber incluido a algunos de los autores que consideramos particularmente buenos. Pero también es cierto que el elaborar estos listados pone de manifiesto que hay obras que casi ningún occidental dudaría que deben formar parte del canon (la épica de Homero, la Biblia y el Quijote, por ejemplo).

Uno de los más sonados intentos que últimamente se han dado para elaborar un canon occidental es el del crítico y académico estadounidense Harold Bloom (pueden consultar aquí el listado de obras que lo conforman), estructurado en cuatro períodos de la historia de la literatura (teocrático, aristocrático, democrático y caótico) y por los países o las regiones geográficas de donde han provenido las obras literarias en cada uno de esos períodos.

Después de que Bloom publicara The Western Canon: The Books and School of the Ages (o El canon occidental: La escuela y los libros de todas las épocas, ed. Anagrama) han llovido críticas respecto al contenido del mismo: se le acusa sobre todo de ser un canon más (o mejor dicho, menos) que occidental, uno parcial: blanco, masculino, favoritista hacia una lengua (la inglesa) y con un dios literario (Shakespeare). Véase como ejemplo este artículo de Juan Malpartida en el archivo de la página web de Letras Libres.

Lo que sea de cada quién… fuera del rigor del ambiente académico se puede decir que al menos el listado de obras que hace Bloom es un buen punto de partida para quien busca leer algo de los mejores libros escritos en occidente (o en inglés, como diría Malpartida). Si alguien considera que faltan en la lista autores del Siglo de Oro, pro ejemplo, o algunos otros que son innegablemente buenos, pues que también los tome en cuenta… y listo. Lo innegablemente bueno no podría pasar desapercibido para todos.

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